EL EXPRESIONISMO FIGURATIVO DE TOMAS MURUA

 

Conozco la obra escultórica de Tomás Murua desde hace bastantes años y tengo que confesar que pese a la mayor calidad alcanzada a lo largo de éllos, su obra sigue siendo, fundamentalmente la misma. Me explicaré: Es la misma en sus estructuras y características más profundas. Es distinta en los repertorios formales e iconográficos en los que ésta se ha plasmado y concretado a lo largo de su ya no tan corto devenir histórico que se extiende ya a cuatro décadas.

Por un lado está el dibujante clásico, dinámico al mismo tiempo, deudor de los mejores artesanos-artistas del foco de Zarautz, los Luis Iriarte, Joxé Alberdi, a los que Murua debe no poco de su maestría en torno a la figura humana y la artesanía, por otro lado está el señuelo y la impronta del gran maestro Jorge Oteiza, de su hermano menor Agustín Ibarrola y de su pariente mayor Henry Moore, pero tampoco podemos olvidarnos de sus fantasías personales que se mueven en torno al surrealismo onírico de los Giacometti y Dalí, de los Gargallo y Alberto, de los Lekuona de la década de los treinta y de un cierto sesgo entre romántico y trágico que se hace presente en su obra cuando uno menos se lo espera.

En su obra, ya lo largo de élla hay ciertamente de todo, desde repertorios anclados en el realismo etnográfico (arrantzales, obreros, siderúrgicos, caseros y urbanistas) hasta obras que se mueven y se desarrollan por derecho propio en el campo del expresionismo abstracto y de la depuración de materiales y formas, desde sensuales desnudos masculinos y femeninos hasta maternidades, rostros casi alados, o músculos atléticos que se estiran y se cubistifican en demanda de atención y de proclama societaria. Murua es en este sentido un escultor ecléctico y popular que se atreve con casi todo y que ha sido capaz, con esa enorme fuerza interior que le caracteriza, pasión irrefrenable por la escultura, de plasmar desde la imagen de San Pelayo de Iñurritza de Zarautz hasta la protéica y estilizada figura del Arponero-Ballenero propuesta para el Malecón de Zarautz, desde la reinterpretación artesanal del yugofriso del Restaurante Salegi de Itziar, hasta el Obrero caído y flexionado por la espalda para la Kutxa donostiarra.

Murua ama como pocos la madera, y aunque ha realizado gran parte de su pequeña producción en bronce, no cabe duda de que sus mayores y más arriesgados logros los ha realizado en torno a esta gran savia natural que corre por las entrañas de la tierra: la madera tallada o pulida.

Su obra, hoy en la plenitud de su vida se muestra viva, abierta, polémica, pasional y romántica, como esa honda vital que cae por su frente y que caracteriza tanto a su rostro como a su mejor figura escultórica.

Pero su proceso además se mantiene todavía abierto, vigilante, audaz, no dudamos de ello durante muchos años. Y aunque su pasión escultórica desbordada ha sido acotada, medida y controlada en varios momentos de su producción artística, vuelve a triunfar siempre de nuevo el elam romántico, la forma alada. No sabemos lo que nos deparará su obra en un inmediato futuro, pero le deseamos ganas de trabajar, de dominar la pasión romántica y de racionalizar una obra que posee mucha fuerza interior y mucha vitalidad, que se nota, se siente y se nota con generosidad y con ganas.

 

Edorta KORTADI OLANO
Proferor de Historia del Arte y Crítico
Universidad de Deusto